jueves 13 de noviembre de 2008

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Niño, t obseQio una d las mariposs q sentí n mi estómago.

· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · ·[x tu culpa]


podría atarlas a mi cuerpo y salir volando__________HUIR.



Huir x amor sería 1 bna razón// ya q no pdo morir.

__________________N0 moriré d amrr x tí;
pro x tí viviré vomitando mariposs, q qedaron atoradas, y otras q aún se reproducen cdo t veo.

jueves 30 de octubre de 2008


me niego a involucarme con la vida.

recortar y pegar personas, sitios y objetos me cansó.

me colmo de figuritas repetidas; y sí q tengo espacio para pegarlas, pero no.

mis no, no son sí; tampoco son no... son redundancias, la retórica pregunta al respiro.


¿Otra vez no quiero la vida?

Creí q la total comlejidad me seguiría desde otro costado, desde la aventura, desde

lo placentero del displacer; y no desde las no- ganas, desde el dislpacer de lo placentero.

mañana no será otro día. Mañana es como hoy y yo soy como siempre.

Sí q tengo una estrella, lo sé. Pero en vano no soplo con tanta fuerza... no logro apagarla sino alejarla.

un feto soy. Pero nada lista para ser parida.

Camino porque respiro y camino porque... no sé.

Sentada esperando tampoco no sé carajo; pero es lo mismo q espero siempre. Aveces creo q espero secarme, y

quebrarme como todo lo seco.

Un día, dos, tres... ¿cuánto va? ¿Qué sé yo? Tampoco sé si me importa...

martes 7 de octubre de 2008

Basta de Títulos


Soy esto, ¿y qué?

Me supera y me supero. Si supiera... Vaciar las horas me daña casi como real. Si supiera. Si comprendiera los centímetros de esta longitud desmedida...

Nada de poesía, y poco tiene que ver esto con el amor, o con... no sé. Creo q tengo q ver yo con nada.

Me des_conozco por completo; basta de universos paralelos, basta de sofocar. De inventar.

De inventarme. De drogarme con la vida. Basta de límites q no sé si son límites o bordes, que para mí era lo mismo hasta q me lo plantearon...

Tengo abstinencias de mí misma, diento exceso de mi propio yo, y me vomito tan despacio de soy la baba más acaramelada, más sedosa.

Tengo y siento. Y siento que tengo un corazón sin uso// está así como llegó; lo abrí y ese fue mi error, de haberlo sabido lo devolvía de toque. De haberlo sabido...

viernes 3 de octubre de 2008

Art Abyecto: Más q bulimia y anorexia escópicas

Introducción.

Muchos creadores, a lo largo de la historia, se han sumergido en un ámbito oscuro y trasgresor; las pinturas negras y la trágica serie 'Los desastres de la guerra', de Goya; los seres metamorfoseados y devorados en un violento acto sexual de Picasso; el mundo oscuro y árido dibujado por A. Kubin; Francis Bacon, a través de desnudos deformes e incoherentes, sangrientos y deshuesados; el mundo caótico y viscoso de David Lynch con criaturas que fluctúan cambiando su anatomía, amorfas y monstruosas. Tod Browning, que presenta un circo repleto de seres con deformaciones espeluznantes que la misma naturaleza ha creado.

La marca de lo extremo, lo abyecto, lo grotesco y lo monstruoso, caracteriza a muchos artistas que muestran la vulnerabilidad del hombre también para reconocerlos impulsos fanáticos, depredadores y autodestructivos, que se enfrentan al narcisismo.

“¿Qué fueron los experimentos médicos con presos, las mutilaciones, los ensayos de metamorfosis en los campos de exterminio nazi, sino expresiones avanzadas de lo que hoy conocemos como 'body-art'?”

“O, si el exterminio masivo de reclusos en las cámaras de gas, donde muchos morían de asfixia por aplastamiento antes que se liberara el gas letal, ¿No fue acaso sólo un 'happenning' macabro, relacionado con las experiencias californianas de los 60'? “

Las manifestaciones dadaístas y surrealistas comparadas con la 'poesía' hitleriana, fueron una pálida denuncia del horror”.[1]
El tiempo cambia todo. Y Marcel Duchamp fue un hito en la vida del arte; exhibir un urinario de porcelana como una obra de arte, logró desafiar a la administración de la cultura y la institucionalidad artística. El dadaísmo convirtió lo estético en burla.

El escándalo y la provocación eran vistos en las primeras exposiciones Dadá organizadas por J.-T. Baargeld y Marx Ernst a principios de los años ’20. Los visitantes antes de acceder a la sala donde se exhibían las obras, debían pasar por unos urinarios en cuya puerta una niña vestida de primera comunión recitaba versos obscenos. Una de las obras que se exhibía estaba constituida por un acuario lleno de agua teñida de rojo, imitando a la sangre, sobre ella flotaba una cabellera de mujer y al fondo yacían un brazo junto a un despertador.
Hoy día no sólo se persigue un resultado estético para recrearse en lo deforme y monstruoso, sino aspira a lo social y lo político.
En las metamorfosis del cuerpo, propias del body-art, la anatomía es el campo de experimentación y los implantes el material de la obra; donde lo que se manifiesta no es sino la repulsa a la imposición cosmética y el dictamen de un cuerpo “correcto” sujeto a la estandarización de los cánones de belleza, la esbeltez y la eterna juventud.

La post-vanguardia ya no es ruptura, sino academia y museo; lo que antes pudo ser una manera de arte insurrecto, hoy se ha convertido en tradición artística de la contemporaneidad.

El rechazo radical del símbolo como lo nuevo tanto en el síntoma como en el arte contemporáneo. El goce extremo y su meta en el displacer; el vómito estético que logra su búsqueda en la sublimación y esos vómitos no- estéticos vaciados al síntoma.

El cerebro conceptual que aniquila la simbología pero lo expresivo juega a serlo, más pensado que nunca; el arte múltiple y suicida, que suicida, pero sin completar el placer, ni la propia identidad.

La no- (ex)pulsión de mi muerte.

En la época dominada por el discurso capitalista la pulsión de muerte parece emerger con una fuerza inédita hacia el acto mortífero.

Un punto de intersección entre psicoanálisis y arte viene por la emergencia de la pulsión de muerte como verdadero foco del nihilismo contemporáneo.

El higienismo contemporáneo implica la destrucción más que la rehabilitación. La anorexia contemporánea, la exasperación de la cura de sí, de la propia identidad, lleva inevitablemente a la auto- destrucción, o lo que Lacan llamaría carácter profundamente suicidario del narcisismo”.[2]

En efecto, el empuje a la muerte intrínseco al higienismo contemporáneo, encuentra su fundamento último justo en el aumento de la rigidez de la categoría de identidad.

Hoy, parte de la cuestión es si la sublimación es todavía un destino posible de la pulsión; debido a la exclusión de la mediación simbólica y de la imposición, tanto en la obra de arte como en el síntoma, y de una práctica pulsional funcionando directamente en lo real.

Para Heggel el arte estaba destinado a ser suplantado por la potencia del concepto; el arte resta una manifestación sensible de la Idea destinada a ser superada por el concepto; y muere porque no se ha adecuado a lo absolutamente expresivo.

Hoy, la línea analítica del arte halla su expresión sintomática en el conceptualismo, y la línea expresionista encuentra una expresión igualmente sintomática en el Body Art; ambas exhiben dos salidas posibles de la muerte del Arte.

El arte conceptual se convierte en teoría, se realiza como puro concepto, como gesto de la nominación; pero la muerte del arte se realiza también como agresión a la idea misma de la forma “modernista” de la obra de arte.

El cuerpo excluido retorna, a través del rechazo, lo feo, la repulsión, lo abyecto, y termina por producir un colapso de la estructura simbólica de la obra. En efecto, gran parte del arte contemporáneo desafía a lo simbólico en nombre de lo real. Es el horror sin velo.

El real mundo de Das Ding se materializa en el cuerpo del artista y en sus laceraciones. Aparece en las suspensiones de Stelarc, donde el cuerpo del artista es alzado en el vacío con ganchos de acero, en los cortes sobre el cuerpo de Gina Pane y de Frank B., en las deformaciones tecnológicas del cuerpo a las que se somete Orlan.

No existen veladuras, contrastando pero sólo de manera especular, con la teoricidad abstracta de la nominación conceptual.

“Encontramos aquí una política del síntoma propia de la época contemporánea: el lenguaje es “traición del ser”[3], un ser de goce incorrupto que rechaza el carácter de la meta de la pulsión.

Aparece un real que se impone como un absoluto fuera de lo simbólico. La exhibición de lo real del cuerpo y de su abyección que caracteriza al Body Art, describe en el campo del arte que apunta a la emergencia nihilista de la pulsión de muerte. En la forma extrema de la mutilación del cuerpo, de su destrucción real, o en aquélla más nirvánica de una letalidad universal del significante que disuelve vida en un nominalismo aséptico.

Vaciarse: la moda postmoderna.

Las vomitorium eran salas que existían en Roma, donde se acudía para vomitar y luego, poder seguir gozando de los ágapes habituales. Pero una segunda concepción es otorgada a este vomitorium, que era el nombre que también recibían los lugares de acceso a las gradas en los edificios destinados a espectáculos romanos (teatros, circos y anfiteatros).

Actualmente, el síntoma puede mostrar el vómito como “liberación” de la comida, a través de diferentes patologías; como adicción en la necesidad de poner palabras al problema de la búsqueda de la propia identidad. Pero también subyace un segundo significado hoy, para esta palabra. Si bien el intento de “liberación” permanece, el arte da lugar a un vómito como fluido del cuerpo mismo, como material abyecto.

El arte contemporáneo, el arte de contracorriente, transmite una gran obsesión por lo Real. Lo que hay para ver se ha saturado de negociación. El observador, pasivo y completamente encerrado, no percibe que allí existe lo Real. Cuanto más visual se hace la sociedad, más contra- visual el pensamiento.

En el arte, es posible encontrar la aparición de esta contravisualidad al mismo tiempo que se irrita el componente mediático y social, en los años sesenta. Eso es a lo Lucy Lippard llamó la desmaterialización del objeto artístico.

“Una desmaterialización que tiene su lugar en el arte conceptual y las estrategias que evolucionan a partir de él, y en toda una retórica evaporizadora, como aquella escultura de vapor de Robert Morris (1968-69) y las obras que pretenden adelgazar lo máximo posible lo que hay para ver”.[4]

A esta obsesión por un intentar constantemente vaciar y adelgazar la imagen, se le da el nombre de Anorexia escópica, ya que consiste en intentar ocultar el objeto. No ver nada. No querer ya más ver nada.

En cierto modo, está representada con Malevich y su reducción al mínimo de lo que hay para ver.

La otra estrategia para el adelgazamiento de la pantalla aparece de manera mucho más cruda y violenta: Bulimia escópica. Tanto para ver hace vomitar. Pero el resultado es el mismo que en la anorexia: adelgazar y vaciar.

La falsa apariencia de las imágenes, la seducción y lo artificiosamente lúdico, manejado por una sociedad seductora y capitalista conllevan al consumismo obsesivo, al hallazgo del placer inventado por la moda.

Freud lo evidencia, en su análisis “…la lucha entre el individuo y las exigencias sociales, entre los grupos oprimido y los grupos dominantes”.[5]

La postmodernidad no sólo ha producido cambios profundos en las enfermedades patológicas en sí, también ha introducido el arte fragmentado, obsceno, excesivo, extremo, violento, que hace “volver la cabeza para otro lado”.

Y la bulimia escópica tiene gran relación con todo el arte abyecto, donde los vómitos o excrementos se sitúan en primer plano.

Cindy Sherman, Kiki Smith, Robert Gober, Paul MacCarthy, pero también mucho del arte de acción europeo y gran parte del arte actual trabaja en torno a lo abyecto.

Fluidos, semen, sangre, excrementos, vómitos... todo aquello que no está presente, en modo alguno, en el espectáculo, es visto como “estética del desperdicio”, y hace vomitar. Muestra lo real.

Para Jacques Lacan, todo arte parte de una imposibilidad, de la imposibilidad de la aprehensión de lo Real. O no llega, o se pasa.

Lo Real y la realidad. Otra de las cuestiones que se ha convertido en uno de los puntos principales de la teoría y la crítica del arte contemporáneo; y son numerosas, por ejemplo, las confusiones entre ambos conceptos.

Un ejemplo es ‘La naranja mecánica’, el film de Kubrick, donde vemos al protagonista, Alex, un amante de la violencia que había sido sometido a ver películas continuamente, en un experimento que pretende la reinserción de los violentos en la sociedad. Se muestra al joven atado a la butaca de una sala de proyecciones, con los ojos abiertos de par en par, por acción de unas agujas mecánicas. El sujeto al principio, se siente reconfortado con las películas y goza de una violencia que parece real. Sin embargo, poco a poco, esta sensación se hace insoportable y se transforma en dolor, hasta el momento del experimento en el que Alex no puede resistir tanto goce, está saciado, saturado, ya no quiere ver más, sólo vomitar.

De este modo, y como diría Lacan, el exceso de goce produce displacer. Es decir, la clave del experimento es la saturación del sujeto a través de la continua exposición a la imagen de la violencia, y el sujeto llega, por saturación, a rechazarla; al ser expuesto al goce supremo, se lo lleva demasiado cerca de lo Real, y, por esta razón, en adelante, cuando Alex sea expuesto a situaciones violentas, su cuerpo reaccionará mal, contrarrestando sus impulsos mediante una acción diferente a la que tiene en mente, por medio de la sublimación, principio que, desde el psicoanálisis, es el fundamento de toda creación artística.

La sublimación es a partir de la imagen, de lo imaginario, que es el fundamento del espectáculo. Y esto es precisamente lo que ocurre con el sujeto contemporáneo: una sublimación instaurada sintomática desde fuera, definiendo al individuo contemporáneo con la sobreactuación, ese representarse como otro.

Pero hoy no se trata de representar el propio papel, la actuación no procede sólo de lo simbólico, sino que hay otro que goza y decide por uno; ha sido “mediatizado” por la imagen de otro.

Eric Laurent en su conferencia sobre: “Nuevos síntomas, nuevas angustias”, plantea que: “… las nuevas formas democráticas, inducen a las masas… “, “… a inventar nuevas formas de encuentro, esto puede producir cierta angustia y ansiedad. El sujeto se siente demasiado aplastado por este ideal de sí mismo, que es la exigencia que él, tenga que desear…”, “… Lacan subraya que la exigencia del discurso capitalista es que ‘tienes que desear”.[6]

Un análisis freudiano que muestra a la coerción social ejercida sobre el individuo como la responsable de la huella de la infelicidad en el individuo, de los deseos de agresión contenidos; un Eros y un Tánatos que luchan por el principio del placer, al fin, por la vida.



[1] Lo monstruoso en el Arte. Prof. Dr. Adolfo Vásquez Rocca. 2005.

[2] Massimo Recalcati. Cuatro notas sobre clínica psicoanalítica, ciencia y arte. www.noseque.com

[3] Massimo Recalcati. Cuatro notas sobre clínica psicoanalítica, ciencia y arte. www.noseque.com

[4] Miguel Á. Hernández-Navarro. Lo Real Imposible. Arte y performatividad de la experiencia en el vomitorium del espectáculo. Murcia. 2004.

[5] Freud y el psicoanálisis. El conflicto individuo- sociedad. Salvat editores. Barcelona. 1973.

[6] Eric Laurent: “Nuevos síntomas, nuevas angustias”. EOL Buenos Aires. 2004.

lunes 29 de septiembre de 2008

Síntoma

y

Sublimación:

Fundamentación infundamentada.

Tal vez las ventanas se estén abriendo, desde acá, desde lo que hago. Y porque adentro el aire se estaba contaminando, era necesario plasmar sobre un soporte toda (casi) esa asfixia.

Si la asfixia continúa, tal vez jamás pueda descubrirlo; a veces es como si la nave, esa en la que todos lograron huir se hubiera marchado antes que mi cerebro se despertara. ¡Mi cerebro aún no se despertó! Y ya no hay más naves que me rescaten.

Otras veces, creo que llegué a uno de esos puntos donde la mitad de las cosas se aclaran a la mitad, y hay algo de lo que me llena; algo o todo, y quizás nunca habrá nada más.

Las facetas fueron cambiando, y aunque en algo difieren, son lo mismo; en ninguna encuentro lo total, y es que lo completo existe sólo en el conjunto de las cosas. Sin bajar demasiado de la línea, mi manera de “artear” tuvo sus puntos distintos, distintas edades, opiniones, conocimientos, miedos, seguridades… pero todos fueron y son pruebas.

Sin embargo, estamos siendo espectadores de la fase que más consigue integrarme, la parte de la película que no sé si es el principio, nudo o desenlace.

Si descubriendo el arte abyecto nací, crecí o morí. Si nací, presencien aquí, también que nació esa parte de mí donde las máscaras se caen y hay detalles que no puedo exigir de los demás, sentidos éticos, educación que se le dice; si crecí, supongo que una parte de mí la que afronta que puedo dejar de fingir y relajarme; si morí, podría parecer un punto final, pero para mí, el comienzo…

¿Por qué siempre relacioné morir con nacer, con abrir los brazos, con respirar? No sé. Pero tal vez querer no cargar el rechazo y el fracaso busca su escape en la muerte. Que algo se termine, implica borrar la existencia incluso en el mismo momento en que eso existió; y saber qué quise borrar, matar, tampoco lo sé.

Muchas cosas hice y mucho tiempo creí también que eran para provocar las miradas de los demás. Pero hoy, casi segura de mi opinión, podría decir que hubo momentos en que el placer, lejos de la mirada de otros, me tenía a mí, sola.

Si me lastimé con Gillette, tijeras o cuchillos no hacía después, otra cosa más que ocultarlo, ¿la atención de quién? Si una tarde mis dedos penetraron mi garganta por la por fascinación de eliminar culpas, y no pude dejar de hacerlo, ¿para quién vomitaba? Si pensé como la mayoría de nosotros, en matarme, ¿quién era mi espectador?

Hubo una fuerza que impidió (tal vez aún) la aparición de las represiones en mi Yo, aquella necesidad completamente obsesionada con evitar, con defenderme de lo olvidado, afloró en mi conciencia de manera deforme y enmascarada, permitiendo que el síntoma comenzara a jugar en papel de bulimia, anorexia, y arte.

También me cansé de buscar la razón a todo. En las vueltas de los porqué, la gente enloquece, pero pierde su tiempo y ese es el fin: desaparecer las cosas, desaparecer uno. Otra vez morir.

Una vez, no sé cuándo, deseé estar loca. Abstraerme y huir. No hacerme cargo. Y hoy, a pesar de las respuestas externas, continúo sin saber qué es realmente estarlo. ¿Depende de las generaciones, o de las degeneraciones? ¿De un contexto socio cultural? ¿De una sensación?

Cuanto más quise alejarme, más me atrapaba en mí misma. Eliminar con la bulimia, desaparecer con la anorexia, ahogarme en alcoholismo o consumirme en drogas, terminar de hacerme féretro.

Y lo único que siguió pegado a mí, desde adentro fue el arte. La única ventana que me provoca para insultar y abrirme, abrirla o cerrarme.

El equilibrio perseguido por las drogas, la religión, el desplazamiento de la líbido, hasta llegar a lo psíquico o intelectual, al arte.

Llegar hasta acá, fue más que poder decir que el arte abyecto me buscó a mí, y no yo a él. No sé si pensarlo como un resultado, como una respuesta a todos estos años, o como duda…

Ciclotimia amplia, me siento tranquila en mi silla de la seguridad y aseguro, haciendo valer la redundancia, que ésta aparece como una piedra más, un tanto más pesada, pero incapaz también de hundirme demasiado profundo.

En principio traté de armarme de palabras hipócritas y su relación con ese arte incondicional, el placer de tomar un pincel y el descarte de la palabra ajena.

Ahora, y por el momento, antes de volver a cambiar de opinión, descubro que parte del placer en lo que hago surge a través de lo que el espectador emite, de su displacer. No me avergüenzo y admito a la fama, el dinero y el reconocimiento dentro de este caníbal mundo del arte, como algunos de los motivos por el cual continúo; pero hallé en la irónica y morbosa manera de enfrentar la línea y el color un placer que me cuesta comparar con otros.

Partiendo de Lacan, podría llegar a algo parecido a que el horror es una emoción estética, lo mismo que la belleza, sólo que ésta produce placer estético, mientras que lo horroroso produce goce estético.

El uso político del horror también es parte de mi rompecabezas, (respetando profundamente el sentido de esta palabra) pero es que el horror siempre va a ser el hilo entre la costura de lo artístico-político. Artístico en primer lugar, porque el horror es una emoción estética, del orden de la sensibilidad; y el arte se mueve ante todo en el ámbito de lo sensible.

Jugar con la enfermedad, el dolor, la política y la muerte, tanto ajenos como propios, es un juego de goce; y no niego que el dolor a veces exige demasiada presencia, pero una vez más huir es la meta y ahora se relaciona con tapar, o tal vez con convivir.

No fue fácil aceptar que estaba mutando en dos, de mí misma.

La infancia “es” como un garabato, lo Real que luego se transforma en realidad, o la realidad lo deforma; precisamente donde la sangre rebalsa espesa, como en el soporte.

Con el tiempo surgieron varias dimensiones y hoy convivo con cada una de ellas: la niñez, la adolescencia, la Yës fuerte, la Yës débil, la bulímica, la anoréxica, la superada, la obsesiva, la que espera… y hay veces en que todas se juntan, en que prefiero no abrir los ojos.

Cambiar. Aceptar un cambio y comprenderlo; tantas cosas no distingo, el arte me aclara y me confunde; pero lo gozo y lo odio, con mi sangre, mi raza, mi fibra, mis muñecas, con el hilo que me ata y me desata.

Crecer. ¿Qué es crecer? o ¿quién lo sabe? Una independencia física o económica que alimenta la niña interna, la adolescente alocada que pide permanecer en los hechos y en el arte, o en lo hecho arte o lo que he hecho de mi arte: atención, intención, comercio, expresión…

Entre todo, la presencia de una sangre aria que intenta aferrarse sin motivos, o al menos, desconocidos. Un holocausto que se implanta hoy, año 2005 en mí, pero que como toda guerra comenzó a gestarse desde varios años atrás.

Perfección, obsesión y muerte. O la obsesión que lleva a la perfección y a la muerte; es más que un juego, que decir que nada me importa; es sentirse confundido ante la no- totalidad de las cosas, los no-extremos que jamás pude definir.

Creer en la superioridad de las razas, subestimar sueños ajenos, negar las miradas y las palabras, priorizando como siempre y una vez más, la debilidad. Un análisis freudiano que evidencia que la coerción social ejercida sobre el individuo deja en él la huella de la infelicidad, produce deseos de agresión contenidos; un Eros y un Tánatos que luchan por el principio del placer, al fin, por la vida. La lucha entre el pueblo oprimido y el dominante, sin saber cuál me toca ahora.

Por momentos no intento descubrir la razón, porque la razón me ha comido la cabeza y aún continúa haciéndolo. Sólo sigo mis instintos, lo que siento es a veces más fuerte y subestima lo real para entregarse casi por completo a la imagen; otras veces, sueño con mis obras y tan sólo me dedico a obedecer, y plasmo segura la ironía de una niña de rosa, de línea casi perfecta, firme y lista para obedecer, sin ternura y sin saber yo, si ella realmente conoce su destino, pero está segura, como yo en el momento de integrarla al mundo de los despiertos, o los que no sueñan. Tiene los bigotes del Führer, ¡pero es una niña! Y en su mirada ausente planea todo la muerte que nace en su interior; es mi hilo conector entre lo Real y mi realidad.

Mi interior también es una pregunta; estoy en trazos rápidos como mis propios movimientos, pero la mirada quedó atrás de contenidos, de la misma manera que la niña nazi. La rayo, la ensucio con mi propia sangre, esa sangre que me recuerda siempre que mental y físicamente he dejado de ser niña hace tanto tiempo y es con esa misma sangre que me/la odio y me/la reto. Tal vez, desde otra mirada, es sólo un intento de aviso: ¡La adolescencia! La vida concreta… pero un intento vano.

Hay veces en que no comprendo como el masoquismo se aferra y el displacer puede cambiar a placer en tan pocos segundos.

Tampoco distingo si la auto-agresión nace de la venganza o querer unirme de algún modo a lo que fui; como si más que un suicidio fuera una resurrección.

Pero una vez más le doy a la muerte ese lugar de goce y el suicidio para liberarme, para que esa que fui, la niña que nunca volveré a ser pueda nacer de una vez en la sangre que parece venganza.

Y sé, sin embargo que la separación completa entre nosotras no existe, pero al menos seguirá vivo el deseo de matar, para aceptar lo que hoy soy y lo que hoy quedó de ella, que no es ella entera, y que soy yo, aunque el no saber cómo, seque mi cerebro y esta rueda del placer por el displacer no me deje de hacer sangrar.

Muestro la que fui. (Y en venganza) La mancho, la ato, la lleno de ideologías, de dudas, la odio, pero no la mato porque implicaría un suicidio; y cuando creo hallar la respuesta, la pateo lejos, cuanto ella quiera, porque la verdad, si existe, está incluida en lo que hago, aunque no pueda verla.

Si bien en la obra misma juega el interior (sentido, pensado) de la persona (realizador, artista, vendedor, emisor, etc.) hacer partícipe mi propia sangre logra unirme o atarme físicamente a lo que hago, y tal vez era lo que buscaba y necesitaba: verme en mis obras, sentirme parte de ella. Despertar de una vez y decir que realmente algo de todo lo que hago me pertenece, aunque no esté completamente segura si esta sangre me pertenece, si las muñecas que amordazo son mías, si esa niña fue siempre de mis padres, y si aún lo sigue siendo.

Por ese motivo creo que también fue vano el intento de suicidio a través del arte, porque en vez morir, es probable que halla comenzado a nacer.