Síntoma
y
Sublimación:
Fundamentación infundamentada.
Tal vez las ventanas se estén abriendo, desde acá, desde lo que hago. Y porque adentro el aire se estaba contaminando, era necesario plasmar sobre un soporte toda (casi) esa asfixia.
Si la asfixia continúa, tal vez jamás pueda descubrirlo; a veces es como si la nave, esa en la que todos lograron huir se hubiera marchado antes que mi cerebro se despertara. ¡Mi cerebro aún no se despertó! Y ya no hay más naves que me rescaten.
Otras veces, creo que llegué a uno de esos puntos donde la mitad de las cosas se aclaran a la mitad, y hay algo de lo que me llena; algo o todo, y quizás nunca habrá nada más.
Las facetas fueron cambiando, y aunque en algo difieren, son lo mismo; en ninguna encuentro lo total, y es que lo completo existe sólo en el conjunto de las cosas. Sin bajar demasiado de la línea, mi manera de “artear” tuvo sus puntos distintos, distintas edades, opiniones, conocimientos, miedos, seguridades… pero todos fueron y son pruebas.
Sin embargo, estamos siendo espectadores de la fase que más consigue integrarme, la parte de la película que no sé si es el principio, nudo o desenlace.
Si descubriendo el arte abyecto nací, crecí o morí. Si nací, presencien aquí, también que nació esa parte de mí donde las máscaras se caen y hay detalles que no puedo exigir de los demás, sentidos éticos, educación que se le dice; si crecí, supongo que una parte de mí la que afronta que puedo dejar de fingir y relajarme; si morí, podría parecer un punto final, pero para mí, el comienzo…
¿Por qué siempre relacioné morir con nacer, con abrir los brazos, con respirar? No sé. Pero tal vez querer no cargar el rechazo y el fracaso busca su escape en la muerte. Que algo se termine, implica borrar la existencia incluso en el mismo momento en que eso existió; y saber qué quise borrar, matar, tampoco lo sé.
Muchas cosas hice y mucho tiempo creí también que eran para provocar las miradas de los demás. Pero hoy, casi segura de mi opinión, podría decir que hubo momentos en que el placer, lejos de la mirada de otros, me tenía a mí, sola.
Si me lastimé con Gillette, tijeras o cuchillos no hacía después, otra cosa más que ocultarlo, ¿la atención de quién? Si una tarde mis dedos penetraron mi garganta por la por fascinación de eliminar culpas, y no pude dejar de hacerlo, ¿para quién vomitaba? Si pensé como la mayoría de nosotros, en matarme, ¿quién era mi espectador?
Hubo una fuerza que impidió (tal vez aún) la aparición de las represiones en mi Yo, aquella necesidad completamente obsesionada con evitar, con defenderme de lo olvidado, afloró en mi conciencia de manera deforme y enmascarada, permitiendo que el síntoma comenzara a jugar en papel de bulimia, anorexia, y arte.
También me cansé de buscar la razón a todo. En las vueltas de los porqué, la gente enloquece, pero pierde su tiempo y ese es el fin: desaparecer las cosas, desaparecer uno. Otra vez morir.
Una vez, no sé cuándo, deseé estar loca. Abstraerme y huir. No hacerme cargo. Y hoy, a pesar de las respuestas externas, continúo sin saber qué es realmente estarlo. ¿Depende de las generaciones, o de las degeneraciones? ¿De un contexto socio cultural? ¿De una sensación?
Cuanto más quise alejarme, más me atrapaba en mí misma. Eliminar con la bulimia, desaparecer con la anorexia, ahogarme en alcoholismo o consumirme en drogas, terminar de hacerme féretro.
Y lo único que siguió pegado a mí, desde adentro fue el arte. La única ventana que me provoca para insultar y abrirme, abrirla o cerrarme.
El equilibrio perseguido por las drogas, la religión, el desplazamiento de la líbido, hasta llegar a lo psíquico o intelectual, al arte.
Llegar hasta acá, fue más que poder decir que el arte abyecto me buscó a mí, y no yo a él. No sé si pensarlo como un resultado, como una respuesta a todos estos años, o como duda…
Ciclotimia amplia, me siento tranquila en mi silla de la seguridad y aseguro, haciendo valer la redundancia, que ésta aparece como una piedra más, un tanto más pesada, pero incapaz también de hundirme demasiado profundo.
En principio traté de armarme de palabras hipócritas y su relación con ese arte incondicional, el placer de tomar un pincel y el descarte de la palabra ajena.
Ahora, y por el momento, antes de volver a cambiar de opinión, descubro que parte del placer en lo que hago surge a través de lo que el espectador emite, de su displacer. No me avergüenzo y admito a la fama, el dinero y el reconocimiento dentro de este caníbal mundo del arte, como algunos de los motivos por el cual continúo; pero hallé en la irónica y morbosa manera de enfrentar la línea y el color un placer que me cuesta comparar con otros.
Partiendo de Lacan, podría llegar a algo parecido a que el horror es una emoción estética, lo mismo que la belleza, sólo que ésta produce placer estético, mientras que lo horroroso produce goce estético.
El uso político del horror también es parte de mi rompecabezas, (respetando profundamente el sentido de esta palabra) pero es que el horror siempre va a ser el hilo entre la costura de lo artístico-político. Artístico en primer lugar, porque el horror es una emoción estética, del orden de la sensibilidad; y el arte se mueve ante todo en el ámbito de lo sensible.
Jugar con la enfermedad, el dolor, la política y la muerte, tanto ajenos como propios, es un juego de goce; y no niego que el dolor a veces exige demasiada presencia, pero una vez más huir es la meta y ahora se relaciona con tapar, o tal vez con convivir.
No fue fácil aceptar que estaba mutando en dos, de mí misma.
La infancia “es” como un garabato, lo Real que luego se transforma en realidad, o la realidad lo deforma; precisamente donde la sangre rebalsa espesa, como en el soporte.
Con el tiempo surgieron varias dimensiones y hoy convivo con cada una de ellas: la niñez, la adolescencia, la Yës fuerte, la Yës débil, la bulímica, la anoréxica, la superada, la obsesiva, la que espera… y hay veces en que todas se juntan, en que prefiero no abrir los ojos.
Cambiar. Aceptar un cambio y comprenderlo; tantas cosas no distingo, el arte me aclara y me confunde; pero lo gozo y lo odio, con mi sangre, mi raza, mi fibra, mis muñecas, con el hilo que me ata y me desata.
Crecer. ¿Qué es crecer? o ¿quién lo sabe? Una independencia física o económica que alimenta la niña interna, la adolescente alocada que pide permanecer en los hechos y en el arte, o en lo hecho arte o lo que he hecho de mi arte: atención, intención, comercio, expresión…
Entre todo, la presencia de una sangre aria que intenta aferrarse sin motivos, o al menos, desconocidos. Un holocausto que se implanta hoy, año 2005 en mí, pero que como toda guerra comenzó a gestarse desde varios años atrás.
Perfección, obsesión y muerte. O la obsesión que lleva a la perfección y a la muerte; es más que un juego, que decir que nada me importa; es sentirse confundido ante la no- totalidad de las cosas, los no-extremos que jamás pude definir.
Creer en la superioridad de las razas, subestimar sueños ajenos, negar las miradas y las palabras, priorizando como siempre y una vez más, la debilidad. Un análisis freudiano que evidencia que la coerción social ejercida sobre el individuo deja en él la huella de la infelicidad, produce deseos de agresión contenidos; un Eros y un Tánatos que luchan por el principio del placer, al fin, por la vida. La lucha entre el pueblo oprimido y el dominante, sin saber cuál me toca ahora.
Por momentos no intento descubrir la razón, porque la razón me ha comido la cabeza y aún continúa haciéndolo. Sólo sigo mis instintos, lo que siento es a veces más fuerte y subestima lo real para entregarse casi por completo a la imagen; otras veces, sueño con mis obras y tan sólo me dedico a obedecer, y plasmo segura la ironía de una niña de rosa, de línea casi perfecta, firme y lista para obedecer, sin ternura y sin saber yo, si ella realmente conoce su destino, pero está segura, como yo en el momento de integrarla al mundo de los despiertos, o los que no sueñan. Tiene los bigotes del Führer, ¡pero es una niña! Y en su mirada ausente planea todo la muerte que nace en su interior; es mi hilo conector entre lo Real y mi realidad.
Mi interior también es una pregunta; estoy en trazos rápidos como mis propios movimientos, pero la mirada quedó atrás de contenidos, de la misma manera que la niña nazi. La rayo, la ensucio con mi propia sangre, esa sangre que me recuerda siempre que mental y físicamente he dejado de ser niña hace tanto tiempo y es con esa misma sangre que me/la odio y me/la reto. Tal vez, desde otra mirada, es sólo un intento de aviso: ¡La adolescencia! La vida concreta… pero un intento vano.
Hay veces en que no comprendo como el masoquismo se aferra y el displacer puede cambiar a placer en tan pocos segundos.
Tampoco distingo si la auto-agresión nace de la venganza o querer unirme de algún modo a lo que fui; como si más que un suicidio fuera una resurrección.
Pero una vez más le doy a la muerte ese lugar de goce y el suicidio para liberarme, para que esa que fui, la niña que nunca volveré a ser pueda nacer de una vez en la sangre que parece venganza.
Y sé, sin embargo que la separación completa entre nosotras no existe, pero al menos seguirá vivo el deseo de matar, para aceptar lo que hoy soy y lo que hoy quedó de ella, que no es ella entera, y que soy yo, aunque el no saber cómo, seque mi cerebro y esta rueda del placer por el displacer no me deje de hacer sangrar.
Muestro la que fui. (Y en venganza) La mancho, la ato, la lleno de ideologías, de dudas, la odio, pero no la mato porque implicaría un suicidio; y cuando creo hallar la respuesta, la pateo lejos, cuanto ella quiera, porque la verdad, si existe, está incluida en lo que hago, aunque no pueda verla.
Si bien en la obra misma juega el interior (sentido, pensado) de la persona (realizador, artista, vendedor, emisor, etc.) hacer partícipe mi propia sangre logra unirme o atarme físicamente a lo que hago, y tal vez era lo que buscaba y necesitaba: verme en mis obras, sentirme parte de ella. Despertar de una vez y decir que realmente algo de todo lo que hago me pertenece, aunque no esté completamente segura si esta sangre me pertenece, si las muñecas que amordazo son mías, si esa niña fue siempre de mis padres, y si aún lo sigue siendo.
Por ese motivo creo que también fue vano el intento de suicidio a través del arte, porque en vez morir, es probable que halla comenzado a nacer.